Escuchar es prestar atención a lo que se oye.
Algunas personas nacen con la valiosa aptitud de prestar real atención cuando otros le hablan. Otras, la aprenden a lo largo de la vida y también están las que nunca la practican, por falta de interés o quizás porque no terminan de descubrir la gran importancia que tiene.
Cuando voy a un lugar donde hay niños, siempre paso por la misma experiencia, al cabo de un rato, éstos buscan estar a mi lado. Lo sorprendente es que no acostumbro a hacer payasadas, ni piruetas, ni juego sus juegos, ni les hago ningún tipo de “fiesta”. Entonces, ¿por qué les encanta estar cerca de mí?, simplemente porque los escucho, porque los trato como a personas y no como a seres infradotados.
Un pequeño se acerca y me dice:
-¿Viste esa hoja?
-¿Cuál?, le respondo.
-Esa que está allá.
-Ah, sí, la veo, y ¿qué pasa con ella?
-Es rara.
-¿Te parece rara, por qué?
-Por la forma.
-Es cierto, (la tomo en mis manos), no es una hoja muy común, quizás sea de un árbol que habrán traido de otro país. Es linda, ¿no te interesa llevarla y guardarla?
-Sí, la juntaré con mis otras “cosas raras”.
Después, con el precioso objeto en la mano, se arrima a otra persona y le dice:
-¡Mira lo que encontré!
La mujer en cuestión, “ve sin mirar” la mano infantil, y dice.
-Deja de jugar con cosas sucias y ve a lavarte las manos. Tira eso.
La criatura busca mi mirada, por un momento “sufrimos la experiencia” en total empatía, y luego sonreímos. Él guarda la hoja en el bolsillo y se va a jugar con los otros amiguitos del lugar.
Luego ese muchachito, me observará con una mirada particular, como si yo lo entendiese, como si hablara su mismo idioma y tratará de volver a “conversar” conmigo.
Eso me ocurre siempre y no es algo que busque o persiga, simplemente se da.
Creo que si hacemos un poco de memoria, todos recordaremos nuestra experiencia al respecto cuando nos tocó ser niños también. Nos molestaba que nadie nos tomase en serio y eso que teníamos cosas tan importantes para decir, ¿lo recuerdan? Afortunadamente, cada tanto, aparecían personas que realmente nos daban su atención, ¡cómo lo disfrutábamos!, al fin alguien con quien “hablar de verdad”, de humano a humano.
Conservo en mi mente los rostros de esos seres, porque uno nunca los olvida.
Escuchar es un don precioso, cultivémoslo y derrochémoslo con todo el mundo, es algo hermoso e inolvidable “comunicarse de verdad” con los demás.















